Molto del Buenos Aires

Cuando pasás tiempo -sustancial tiempo- recorriendo clubes o torneos, las caras se vuelven más que familiares. Son deícticos. Sólo pueden explicarse en torno a un entorno circundante. Y de acuerdo a ciertas expresiones, intuir con mayor o menor certeza su significado puede volverse una tarea bastante interesante.

Por el BALTC, ratos antes de la final de dobles, la sonrisa dibujada de varios rostros de gente cercana al club se fundía con el nerviosismo. Algunos de ellos, ex jugadores devenidos en entrenadores, o defensores de los colores del club en varias categorías de Interclubes se congregaban dispersamente por las tribunas del Court Central Guillermo Vilas.

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Había un porqué. Dos de sus eximios pupilos/compañeros/compinches estaban por saltar a la cancha: Horacio Zeballos y Andrés Molteni. Enfrente tenían a nada menos que una reciente dupla subcampeona de Grand Slam: los colombianos constantes Robert Farah y Juan Sebastián Cabal, quienes querían ir por el tricampeonato, luego de sus éxitos en 2016 y 2017.

Hora y monedas después dos características brillaron en el caluroso mediodía porteño: el oficio de un doblista acostumbrado como Zeballos, quien bancó desde el fondo de cancha con una solidez sólo explicable con años de oficio. Y, en Molteni, una gacela en la red que ejecutó todo lo que quiso, cuando quiso y como quiso. El supertiebreak decisivo por 10-3 reconoció esa superioridad y así, el chico que disputó prácticamente cuan evento sea posible en el profesionalismo -y amateurismo también- en esas instalaciones finalmente se llevó su primer ATP de dobles en el BALTC. Y el cuarto en sus palmares totales.

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Inmediatamente vienen a la mente varias imágenes. La felicidad cuando venció allí mismo a Rafa Nadal en duplas, un par de temporadas atrás, rodeado de la alegría de su papá y hermanos. Los abrazos junto a Valentino Caratini, Franco Agamenone y Bruno Tiberti cuando ganó el Interclubes de 2016, todos fundidos en la bandera azul francia, amarilla y celeste de la mítica institución. La devoción por alentar a Valen cuando cayó en la semi de ese certamen meses atrás ante San Lorenzo, siendo él hincha futbolístico azulgrana, nada menos. Flashes de una carrera en órbita con un club.

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El punto es detenerse en el hecho de que en este tenis ultraprofesional, donde mucho del imaginario que se le proyecta puede reducirse a hacer dinero y a anular los nexos con escalones previos al elitismo -al que tanto se intenta llegar- hay lazos que persisten indestructibles. Contrario a esa creencia, alimentan palpablemente el espíritu competitivo de un tenista pro antes que debilitarlo.

En la antepenúltima presser del ATP de Baires, su partner Zebolla tiró el puntapié: “22 años llevo jugando Interclubes -para el BALTC-“. Molto prosiguió en consonancia: “Desde los 9 años soy socio, todos mis amigos son de acá. Es el torneo mas lindo que gané”.

Orgulloso y correspondiente, pupilo y devolvedor, Molteni construyó una campaña que el público de Buenos Aires, especialmente las amistades de la infancia, querían saborear por mezclar el triunfo y la pertenencia, lo concreto y lo simbólico. Merecer es un verbo tramposo en ocasiones. No en este caso. Molto merecía el título ATP en el BALTC. Y el título -y el BALTC- lo merecían a él.

Por Sebastián Capristo

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