Al calor de Baires

Calor -mucho calor-, humedad, resistencia, pero sobre todo superioridad física y estratégica. Los factores intrínsecos de Buenos Aires y la respuesta a ellos por parte de Dominic Thiem parecen llevarse de maravillas. Una vez más, como en 2016, cuando bajó al favorito Rafael Nadal, el austríaco impuso autoridad para llevarse el titulo del ATP porteño.

Y en un cuadro no menos respetable: Monfils, Bedene, Carreño, Fognini, Schwartzman, Verdasco. Los dos primeros cayeron ante él en matches donde no cedió un solo set, tal como ante el resto de sus rivales: Zeballos y Pella, el único que lo exigió hasta, al menos, un tiebreak.

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Aljaz Bedene, el sorpresivo esloveno cuya impresionante batería de aces lo llevó hasta la final cuando otrora actuaciones discretas en Baires no expresaban su verdadero potencial, fue durísimo cuanto pudo. Principalmente ante los argentinos: el Peque y Delbo, semifinalista y mejor albiceleste del torneo, cedieron frente al poderío de su tremendo saque.

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No pudo hacer demasiado de lo que venía implementando frente a Thiem, quien rápidamente contestó con su devolución de revés y adaptó sus golpes al más extremo de los días de la semana respecto a la temperatura.

Era sin dudas una gran pregunta cómo respondería habida cuenta de algunos vaivenes en el circuito. Pero esta vez no fue ningún draw-opener para nadie, excepto él mismo. La prueba más enfática fue la semifinal que le ganó a un Gael Monfils no distraído en sus trucos y saltos al aire Rolanga-style. Todo lo contrario: en Buenos Aires el galo dejó de lado ese perfil espectacular para exhibir la soltura que lo llevó al 7 del mundo. El ATP lo agradeció: lo hizo más rico tenerlo entre el elenco de animadores.

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Más allá de lo tenístico, hubo otros atractivos e interrogantes: como el desembarco de Tennium, cuya representación más significativa, al menos en estas latitudes, recayó en el uruguayo Martín Hughes.

Si semanas atrás había prometido modernización, cumplió en ciertos aspectos, para tranquilidad de Martín Jaite, director del torneo, quien efusivamente recibió su incorporación a la ecuación principal de la organización.

Una renovada estética pudo notarse en la señalización. Mesas nuevas de madera inundaron el patio, en reemplazo de las habituales endebles de plástico. Al igual que las del estadio central para los jugadores. Stands en sitios otrora vacíos del predio también revitalizaron las instalaciones. Le brindaron más cuerpo. Y la cabina de radio en el lado izquierdo del portón principal constituyó una acertada decisión. Tardía, pero acertada.

 

Por su parte, Hughes, cara visible de los nuevos socios en cuanto evento de promoción hubo, se movió en cual ámbito del certamen había. Y a pesar de la muy pública alianza con Miguel Nido, no todo el staff estaba familiarizado con su impronta -varios preguntaban quién era-.  Sí empezaron a estarlo cuando lo veían recorriendo junto a sus hijas las distintas áreas del predio. En prensa, elegía un rol de reparto, siempre escuchando de fondo los diálogos. Mientras el boricua adoptaba un papel todavía más secundario.

 

Su llegada coincide con una de las mejores performances del torneo en cuanto a números. Casi 45mil entradas semanales es una mejoría del 20% respecto a la modesta edición 2017 que ganó Alexandr Dolgopolov y tuvo a Kei Nishikori de frontman publicitario. Y esa cifra bien podría haber sido mayor a la vista de un estadio central no totalmente colmado en la final.

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Al ya extremo calor porteño de febrero puede achacársele una sustancial cuota de culpa por la menor concurrencia al match decisivo. Los 44 grados reales de temperatura plantean la necesidad de reprogramar la final, y algunas otras jornadas, hacia horarios más avanzados. Tal como hacen los egipcios en Futures y Challengers en Sharm El Sheikh o El Cairo. O, más notoriamente, Australia a través de su heat rule.

El tema sigue siendo la señora televisión y sus propias necesidades horarias, ajenas a las cuestiones climáticas. Un torneo es, como muchas otras esferas de la vida, el promedio/negociación de intereses. El media partner tiene obviamente su peso, pero la integridad física del público -debería tenerlo- también.

No obstante, prescindiendo del cuco de no disponer de algún Big, como Rafa, Buenos Aires demuestra que es una plaza mundial más independiente año a año. El mensaje es el torneo, no las estrellas. Lo cual, tras años de especulaciones sobre su relevancia, es bien oportuno.

Por Sebastián Capristo

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